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Cienfuegos
 




 
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Leyendas

Las calles cienfuegueras
No sé de quien fue la idea de ponerle número a las calles cienfuegueras, sustituyendo sus tradicionales nombres por frios números que no dicen nada; pero alguien tendrá que  rectificar alguna vez esa meméz.

Recordemos hoy algunas calles cienfuegueras. Algunas tenían nombres de santos: San Fernando, San Carlos, Santa Clara, Santa Isabel, San Luis, Santa Cruz, Santa Elena.

Otras honraban a los fundadores o figuras destacas de la ciudad: D'Clouet, Horruitiner, Bouyon, Gacel, Dorticos, Zaldo, Arango, Casales, Arguelles.

De la colonia quedaron nombres como: Colón, Cisneros, Tacón, Campomanes, Florida Blanca, Cid, Hernán Cortés, Padre Las Casas, O"Donnell, Cristina.

Nuestra principal arteria (El Paseo del Prado) llevaba el nombre de Avenida de la Independencia.

Una calle honraba la memoria de José Martí. Otras pregonaban virtudes como Concordia, Perseveranica o nos recordaban la Gloria, la Luz o el Cuartel de los soldados. Tambien Manacas, Holguín, Palmira, Industria, Castillo, Medio.

Calles cienfuegueras. Recordadas calles cienfuegueras. Cuántos recuerdos guardas.

Gracias al amigo José Bernardo, Jr. por su colaboración.

(Continuará. Se admiten colaboraciones)


Cienfueguero Viejo

Usted es un cienfueguero viejo si recuerda:

  • Cuando cobraban por sentarse en el Paseo del Prado.

  • Las veladas del Ateneo.

  • Las peleas de boxeo en el antiguo Fronton.

  • La zanja de Dorticós.

  • La jugueteria El Palo Gordo.

  • La Casa Capín.

  • A Charles Pérez jugando el center field del Cienfuegos Sport Club.  

  • La tienda La Sobana.

  • Las Cinco Villas.

  • El cine Prado sin techo.

  • El número de teléfono de Radiotiempo. (Se lo digo al final).

  • El Nautic Club.

  • El Cienfuegos Sport Club.

  • La cerveza “Perla del Sur”.

  • La sociedad “La Tertulia”.

  • La venta “elefante” de Eureka.

  • El Stadium Trinidad y Hermano.

  • El gimnasio de Divino Rueda.

  • Los coladores del muelle real.

  • El cine Prado sin techo.

  • La media noche del bar Luisa.

  • El Aida Park en los Amarillos.

  • El café Ambos Mundos.

  • Los dulces de “La Gloria”.

  • La emisora CMHJ, la voz de Las Villas en la Perla del Sur.

  • El tranvía de La Juanita.

  • La droguería “La Cosmopolita”.

  • A Tito González, manager del Cienfuegos Sport Club.

  • Las regatas de remos.

  • El restaurante El 62.

  • Las fritas del chino Julio.

  • La Casa Mimbre, “una ciudad comercial”.

Y hasta aquí por hoy. El teléfono de Radiotiempo era el M-210

 


Helados
Helados de mantecado en la Fresa del Prado

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Y vamos con la nostalgia. Varios socios del Club Los Cienfuegueros en la Internet,  han estado comentando estos días sobre el sabroso helado de mantecado cubano. Alguien sugiere que lo más parecido a nuestro helado de mantecado es el “eggnogg”. Bueno, en Texas, cerca de Houston fabrican un helado de vainilla marca “Blue Bell” que se parece bastante al helado de mantecado cienfueguero.

Uno de los lugares en que más rico preparaban en Cienfuegos el mantecado era “La Fresa del Prado”. Este café y bar estaba situado en la calle de Prado y San Fernando, donde luego estuvo el Miami Bar. De pequeño recuerdo haber tomado allí mis primeros mantecados. Otro lugar donde preparaban un buen mantecado era Palais Royal, Prado y Arguelles.

Como dice Fausto Miranda, usted es cienfuegueros viejo, pero viejo de verdad si recuerda estos comercios cienfuegueros: La Fresa del Prado, El Palo Gordo, La Casa Capín y la tienda de víveres Mar en Bemba.
 


Mapa
Mapa de la Provincia de Cienfuegos

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Benefactor
El gran benefactor de Cienfuegos

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Un cubano rico y culto, de humildad excepcional y nobles sentimientos, vivió en Cienfuegos las dos terceras partes del siglo IXX y primeros años del XX: Nicolás Acea.

Nicolás Acea nació en Nueva Paz, provincia de  La Habana, el 6 de diciembre de 1829. Muy joven se trasladó a Cienfuegos en unión de sus padres don Antonio y doña Regla y de su tio don Nicolás Jacinto, que en Cienfuegos se casó con la joven trinitaria doña Manuelita Hernández. Don Antonio era médico y don Nicolás Jacinto abogado. Los Acea se instalaron en las márgenes del río Damují y allí construyeron dos ingenios azucareros que llevaron los nombres de Dos Hermanos y Manuelita.

Nicolás Acea comenzó a estudiar medicina en la Universidad de París; pero la situación económica especial por la que atravesaba Cuba, hizo que interrumpiera sus estudios y regresara a la isla a ponerse al frente de los negocios de su padre, iniciando así la carrera empresarial en la que tantos éxitos cosechó.

En 1886 Acea contrajo matrimonio con doña Teresita Terry y Dorticós, la hija de don Tomás Terry, el hombre más rico de Cuba por aquella época y de dicho matrimonio nació su primer y único hijo: Tomás Lorenzo. Muy joven su esposa doña Teresita enfermó gravemente y murió  en los EE.UU. En 1884, siendo muy joven,  murió también su hijo Tomás Lorenzo. Unos años después,  Acea se casó con doña Francisca Tostés y García, de cuyo matrimonio no hubo descendencia.

Acea participó activamente en las activiades cívicas y políticas de la ciudad. Fue concejal y teniente alcalde por varios años y miembro del partio Unión Constitucional.  Ayudó económicamente a José Martí a través de su representante local Agapito Losa y terminada la Guerra de Independencia presidió la Junta Patriótica que se formó para atender a la Brigada de Cienfuegos del Ejército Libertador y para asesorar al gobierno interventor.

Al morir Acea en Cienfuegos, el 7 de enero de 1904, legó toda su fortuna a la ciudad de ciudad, disponiendo en su testamento que con las rentas de su patrimonio se construyera una escuela de artes y oficios para jóvenes varones; una de artes manuales para niñas y un asilo para ancianos.

En complimento de la voluntad del insige mesenas, se construyeron la Escuela de Artes y Oficios San Lorenzo, la Escuela de Hogar Santo Tomás y el Asilo para Ancianos Nicolás Acea.  Sus albaceas decidieron construir también el monumental pórtico greco romano del nuevo cementerio cienfueguero y darle el nombre de Nicolás Acea. 

 


Recuerdos de Cuba - Segunda Edición 2008
Por Andrés D. Puello
La cultura cubana se pone de manifiesto en este libro.
Leerlo es entrar dulce y melancólicamente por el campo de
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Luna
Luna cienfueguera

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Ha muerto en Miami, a los 91 años, José Ramón Muñiz. Decir su nombre es, para los cienfuegueros, como decir “Luna Cienfueguera”. Tan ligado estaba este hombre a la canción que lo inmortalizó.

Muñiz fue un hombre humilde que, mediante su esfuerzo y sacrificio, se convirtió en un famoso e inspirado poeta. Y aunque su producción poética se recogió en poemarios como Mar de Luna, Humedad Luminosa y Ilia Mary  siempre será recordado como el autor de Luna Cienfueguera.    

Luna Cienfueguera  le canta todos los símbolos de  Cienfuegos como ciudad: Le canta a la luna a la que los primitivos cienfuegueros llamaban Maroya; le canta a la amplia bahía de Jagua, que atesora una de las mejores especie de camarón y le canta a  los hombres humildes ocupados en la pesca de dicho molusco: a los hombres que viajan “a encender luceros en el litoral”.

Muñiz se va, como tantos otros buenos cubanos, lejos de su Cuba; pero su “Luna Cienfueguera”  no ha muerto ni morirá y vivirá eternamente en la Cuba de siempre. 

 


Paseo

Un paseo por Cienfuegos

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Hoy nos daremos un imaginario paseo por el Cienfuegos de mitad del siglo XX. Empezaremos en el Parque Martí, con su catedral de dos torres,  su palacio municipal, su teatro Ferry, su Escuela San Lorenzo y su estatua de Martí.

Luego iremos por la calle San Fernando hasta Prado. Parada en los portales del “Miami”, para echar una parrafada con los allí reunidos y seguir por Prado hasta Punta Gorda. Disfrutaremos de la vista de la amplia bahía de Jagua y de los clubes de la playa: Yatch Club, Cazadores y Deportivo. Vista del chalet de Valle y parada en el Hotel Jagua.

Alto obligado en Covadonga para disfrutar la fabulosa paella de doña María; o tal vez los camarones empanizados del Bar Mariano, o un helado en “Sol y Mar”.   Vuelta a la ciudad.

Se nos antojará una tacita de café en El Naranjito.  Y luego visitar los comercios más populares: La Casa Mimbre, La Perla, Las Cienfuegueras, El Siglo, la Casa Arco, El Gallo, Eureka, El Progreso Cubano, La Opera, La Casa Grande.  Una buena fotografía en Bielsa Studio.

Ya en el Prado nos llegaremos a hasta Radiotiempo donde  saludaremos a Eddy López y escucharemos “Luna Cienfueguera” de Rafael Muñiz.  Y en la calle de San Carlos visitaremos  “La Correspondencia” y nos enterarernos de las últimas noticias locales y charlarremos  con Nick Machado o con Elio Ruiz Madrigal, de paso al Ateneo donde encontraríamos al doctor Bienvenido Rumbaut, alma de aquella institución.

Tal vez en el Prado encontraríamos personajes conocidos. A Moya con su bocina. A Hilario pregonando “La Correspondencia” y a Juan de Mata voceando la revista “Ellas” y hasta Antonio Añino disfrazado de Martí en la puerta de la barbería de Próspero.

Recordaremos también las regatas de remos, la procesión de la Purísima; el Cienfuegos Sport Club de Tito González, Checho Rosés, Conrado Marrero y Charles Pérez. A nuestros alcaldes: Aragonés, Quirós, Bustamante, Sueiras, Pino Varas.

Visitaremos el hotel San Carlos, el periódico El Comercio, el distrito Naval Sur. Nos llegaremos hasta la iglesia de los Dominicos y el Colegio Marista y el de Monserrat. A la Escuela de Comercio y al Instituto de Segunda Enseñanza. No tenemos tiempo para visitar el puerto, el  Castillo de Jagua, los cines y otros lugares que visitaremos otro día.

 


Datos
Datos sobre Cienfuegos

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La ciudad de Cienfuegos fue fundada el 22 de abril de 1819 por un grupo de colonos franceses procedentes de Louisiana y Burdeos. Inicialmente se llamó Colonia Fernandina de Jagua; pero más tarde se le cambió el nombre por el de Cienfuegos en honor del Capitán General de la Isla de Cuba don José Cienfuegos y Jovellanos, que fue quien autorizó la fundación de la ciudad.

Cienfuegos está situado en la costa meridional de Cuba en una península llamada de Majagua o Demajagua por los siboneyes, en la amplia bahía de Jagua, que Jacobo de la Pezuela describe en su diccionario como "la tercera en magnitud de la isla y la primera por su limpieza, abrigo, profundidad y fácil defensa". Mide 16 kilómetros de largo y entre 5 y 8 de ancho.                                                                                                            

Al este de la ciudad de Cienfuegos se encuentra la Sierra de Siguanea, del grupo de Guamuhaya, donde se encuentran las famosas cascadas del Hanabanilla y el célebre Salto de Siguanea. En este grupo montañoso se destacan las alturas de Cabeza del Muerto o Pico San Juan, Pico Blanco, Ventana, Picacho, Madera, Atravesada, Herradura y Alcalde.

En la bahía de Cienfuegos desaguan los ríos Caunao, que nace al pie de la Sierra del Escambray; el Arimao, célebre por los granos de oro que en sus arenas encontraron los colonizadores españoles; el Damují, navegable desde su boca hasta el paso del Lechuzo y el Salado, en parte navegable.

Cienfuegos ocupa un área de 1,550 kilómetros cuadrados y tiene una población de alrededor de 116,000 habitantes, según el censo de 1990. Los tradicionales barrios cienfuegueros eran: Aduana, Arimao, Barajagua, Caimanera, Calecito, Castillo de Jagua, Cayo Carenas, Caunao, Cumanayagua, Charcas, El Junco, Gavilán, Guanaroca, Guaos, Guasimal, La Gloria, La Sierra, Mercado, O’Bourke, Ojo de Agua, Paradero, Paraíso, Pueblo Nuevo, Punta Gorda, Ramírez y Soto.

La patrona de Cienfuegos es la Purísima Concepción de María.

Los primitivos habitantes de Cienfuegos

Los primitivos habitantes de Cienfuegos fueron los indios siboneyes (también llamados Cibuneyes, Sibuneyes y hasta Zibuneyes), que vivían en pequeños grupos esparcidos por lo que es hoy la ciudad de Cienfuegos y sus alrededores. La voz "siboney" aparece desde el principio de la colonización española y significa "hombre de piedra u hombres de las cuevas".

El culto a Jagua

Jagua, la diosa que enseñó a los hombres el ejercicio de la pesca, la caza y la agricultura tuvo su culto entre los aborígenes y hasta un altar o templo que, según la tradición, estaba situado en una pequeña elevación delimitada por las calles de Hourruitiner, De Clouet, Santa Elena y Santa Cruz. Dicho templo consistía en un montón de piedras junto a un árbol de Jagua, ante el cual se celebraran fiestas en honor de la diosa.

Enlaces:

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Cementerio  
El Cementerio de Reina

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El primer cementerio de Cienfuegos se fundó en 1820 por el Padre Antonio Loreto Sánchez y Romero, que fue el primer cura párroco de la villa.  Estaba situado al oeste del poblado entre las calles de Velasco y Casales. Debido a su proximidad con el mar, el agua lo inundaba frecuentemente, por lo que se decidió su traslado al lugar que hoy ocupa el Cementerio de Reina.

El Cementerio de Reina fue inaugurado el 21 de junio de 1839. A este camposanto se trasladaron muchos restos del primer cementerio. La arquitectura del Cementerio de Reina es muy parecida a las del Cementerio de Espada de La Habana, fundado en 1805 por el Obispo Espada y Landa.

Si bien el Cementerio de Espada era algo mayor que el de Reina, la distribución interior en tres campos, los nichos, la capilla y hasta la portada eran muy similares.

Al parecer .los enterramientos se hacían todos en nichos, siendo don Aguistín de Santa Cruz el primero en ser enterrado en la tierra en 1841. Fue a fines del siglo XIX y principio de XX cuando comenzaron a construirse los panteones que hoy se conservan.

Los nichos más antiguos que se conservan son los de Andrés Dorticos (1843) y Juan vives (1845). En este cementerio se encuentran los restos de Henry Reeve, "el inglesito", que peleo en nuestra guerra de independencia alcanzando el grado de general.

También se encuentran los restos de otros patriotas que lucharon por la libertad de Cuba como el padre Francisco Esquembre Guzmán, fusilado por bendecir la bandera cubana; Germán Barrio Howard y Benito Cancio Figueroa, fusilados en 1868; el general Higinio Ezquerra; el teniente José Jacobo Quintana, español, que peleó en las filas cubanas en la guerra del 95; los comandantes Miguel Angel Illance, Juan José López del Campillo y el licenciado Francisco Figueroa.

Los monumentos, estatuas, lápidas, rejas, etc. que se conserva en este cementerio son verdaderas obras de arte y por tal razón ha sido declarado monumento nacional.

 


Leyendas
Leyendas Cienfuegueras

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Guanaroca

La laguna de Guanaroca está enclavada al sudeste de la amplia bahía de Jagua y allí derrama parte de sus aguas el río Arimao. Según la leyenda siboney, en ella se refleja Maroya, la pálida luna, productora del rocío y protectora del amor.

Al principio de los tiempos Huión, el sol, creó a Hamao, el primer hombre, para tener quien le admirara y le adorara al alumbrar cada día a Ocon, la tierra. Aunque grande era el amor de Hamao por su creador esto no bastaba para llenarle su corazón; se sentía sólo, en medio de aquella exuberante vegetación, poblada de seres que se juntaban para amarse. La dulce Maroya, se compadeció de él y para endulzarle su existencia le dio una compañera, creando a Guanaroca, la primera mujer.

Muy grande fue la alegría de Hamao, pues al fin tenía con quien compartir los goces y penas de la vida, sus trabajos y diversiones. Se amaron con frenesí y de aquel amor nació Imao, el primer hijo. Madre al fin, Guanaroca puso todas sus atenciones y cuidados en el pequeño. Hamao, celoso, creyéndose preterido, concibió la criminal idea de hacer desaparecer al niño.

Una noche, aprovechando que Guanaroca dormía, tomó al niño y se internó con él en el bosque. La falta de alimentos y el calor provocaron la muerte de la criatura. Entonces Hamao, para ocultar su delito, tomó un güiro, hizo en él un agujero, metió dentro el cuerpo del infante y lo colgó en la rama de un árbol.

Cuando al despertar Guanaroca notó la ausencia de su esposo y de su hijo, salió a buscarlos por el monte. Estaba a punto de desfallecer cuando oyó el canto estridente del judío, que le hizo levantar la cabeza y ver en lo alto de un árbol un güiro. Tal vez por pura curiosidad o por un extraño presentimiento subió al árbol y al mirar dentro de aquella oquedad encontró el cadáver de su hijo. Fue tan grande la turbación de Guanaroca, que el güiro se le escapó de las manos y cayó al suelo; al romperse vio con estupor que de él salían peces, tortugas de distintos tamaños y una gran cantidad de agua.

Ocurrió entonces un gran portento: los peces formaron los ríos que hoy bañan el territorio de Jagua; la mayor de las tortugas se convirtió en la península de Majagua; y de las ardientes lágrimas de Guanaroca, que lloraba sin consuelo la pérdida de su hijo amado, surgió la Laguna de Guanaroca.
 

Jagua

Hamao comprendió tardíamente el horrible pecado que había cometido y, arrepentido, pidió perdón a Guanaroca, quien lo perdonó. Tras el perdón vino el segundo hijo: Caunao.

Caunao creció al cuidado de sus padres y se hizo un hombre; pero una profunda tristeza y melancolía le embargaba. Un día mirando a dos pajarillos arrullarse comprendió el motivo de su pena: estaba solo en el mundo, sin una compañera a quien contar sus penas, sus alegrías, sus esperanzas y sus ilusiones; sólo existía en la tierra una mujer, y esa era su madre.

Vagando por el bosque para distraer su soledad, encontró un árbol coposo de cuyas ramas pendían unos frutos grandes, ovalados y de color pardo que al madurar caían al suelo, esparciendo al deshacerse unas pequeñas semillas. Caunao sintió el irresistible deseo de probar aquel fruto y tanto le gustó que llenó con ellos un catauro (cesta en lenguaje siboney).

Un inesperado rayo de luna hirió a los frutos contenidos en la cesta, haciendo brotar de ellos un ser maravilloso pero distinto: una mujer joven, hermosa, risueña, de piel aterciopelada, boca roja y negra cabellera. Su nombre era Jagua, que en lengua siboney significa riqueza, mina, manantial, fuente y principio. Y con ese mismo nombre, jagua, designó el árbol de cuyos frutos había salido la bella mujer.

Caunao la contempló con éxtasis y la amó desde el primer momento; la melancolía y la tristeza desaparecieron inmediatamente de su corazón. Ya no estaría sólo en el mundo; ya tenía para compartir su vida una compañera que le enviaba Maroya, la diosa de la noche.

Fue Jagua, la esposa de Caunao, quien enseñó a los pacíficos siboneyes el arte de la pesca y de la caza; el cultivo de los campos; el canto, el baile y la manera de curar las enfermedades.

Según la leyenda siboney, Guanaroca fue la madre de los primeros hombres; Jagua fue la madre de las primeras mujeres. Los hijos de Guanaroca, madre de Caunao, engendraron las hijas de Jagua, y de aquellas primeras parejas descendieron todos los seres que pueblan la tierra.
 

Las mulatas

Cuenta la leyenda que la excesiva afición de los siboneyes al baile, el juego de pelota y el licor habían relajado completamente sus costumbres. Ya no se ocupaban de labrar la tierra ni de sembrar, por lo que sobrevino una gran hambruna por la falta del maíz, la yuca, la malanga, el boniato demás viandas.

El viejo cacique de Jagua, deseoso de poner remedio al mal reunió al consejo formado por los behiques (hechiceros) y los ancianos y después de analizar la situación acordaron consultar al Cemí (ídolo), quien manifestó que la causa de tantos males eran la belleza de las mujeres que formaban la corte del cacique y sus seductores cantos y bailes.

Reunido de nuevo en consejo, el cacique, los behiques y los ancianos decidieron matar a las siete hermosas mujeres que formaban la corte del cacique, como había aconsejado el Cemí.

Cuando el cacique y los behiques fueron a ejecutar la sentencia, no tuvieron valor para matar a las siete mujeres y decidieron desterrarlas a un islote de la bahía de Jagua.

Tomaron pues a las mujeres y se embarcaron en una piragua (bote) a cumplir con su misión, pero en medio del trayecto se dieron cuenta que faltaba Aycayía, la más bella. Pensaron regresar pero en eso empezaron a soplar vientos tan fuertes que hicieron zozobrar la embarcación, ahogándose todos sus ocupantes con excepción uno de los behiques que pudo llegar al islote.

Las bellas indias náufragas fueron transformadas por el "Dios de la Aguas" en mujeres marinas, que alegres y traviesas habitan desde entonces en la bahía de Jagua. Se dice que en los días de encrespadas olas aparecen asustando a las débiles embarcaciones que se atreven a surcar las aguas de la bahía.

Los marineros y pescadores llaman a estas bellezas "Las Mulatas".

 

Aycayía

Aycayía fue la única bailadora de la corte del cacique que se salvó del naufragio de la piragua. Era la más hermosa de las mujeres de la corte, la que bailaba con más arte y cantaba con más dulzura. Por esa razón continuaba perturbando el orden, alejando a los hombres del trabajo y de sus obligaciones como guerreros.

El cacique se reunió de nuevo con los ancianos y los behiques, y acordaron consultar por segunda vez al Cemí, quien les dijo: "Aycayía es la encarnación del pecado, con sus bailes y sus cantos. Proporciona a los hombres el placer, pero los hace sus esclavos y les roba su voluntad. Y su fuerza diabólica está en que satisfaciendo a todos no se entrega a ninguno. Virgen es y morirá virgen. Si quieren vivir tranquilos échenla de vuestra tribu".

Siguieron el consejo del Cemí y desterraron a Aycayía a vivir en un lugar apartado y solitario en lo que hoy se conoce como Punta Majagua, en compañía de una anciana llamada Guanayoa.

Los hombres, sin embargo, siguieron visitando a Aycayía y llevándole flores, conchas y laminillas de oro. Las indias de Jagua se veían abandonadas por sus novios y esposos. Entonces acudieron al behíque principal, quien a su vez consultó al Cemí de la diosa Jagua por tercera vez.

Díjole el Cemí: "Esta semillas que te entrego son un amuleto contra la infidelidad. Entrégaselas a las mujeres y encárgales que las siembren en sus jardines y huertos. Cuando ellas florezcan desaparecerán sus inquietudes y recuperarán el amor de sus novios y esposos".

La mujeres plantaron aquellas semillas con solícito cuidado y de ellas nació un árbol llamado Majagua o Demajagua, que en lengua siboney significa Madre de Jagua. Sus flores y su madera son consideradas desde entonces como amuletos contra la infidelidad conyugal.

Crecieron las majaguas y sobrevino un fuerte huracán que arrasó la barbacoa (casa sobre el agua) en que vivía Aycayía y su anciana acompañante, quienes fueron arrastradas por el viento y las aguas al mar.

La vieja Guanayoa se convirtió en una tortuga y la bella Aycayía fue transformada en una hermosa sirena, que desde entonces vaga por la bahía de Jagua sonando un enorme y nacarado cobo (caracol de las Antillas), purgando el pecado de haber sido bella, seductora y virgen.
 

La batalla de las piraguas

Desaparecida Aycayía, la vida volvió a la normalidad entre los habitantes de Jagua. Los hombres volvieron a trabajar y pronto los campos produjeron viandas y frutas, los bosques aves y el mar peces.

La población se sentía segura pues los hombres estaban listos a repeler cualquier agresión de las tribus vecinas. El cacique, los behiques y los ancianos estaban contentos pues veían en ese cambio la mano protectora del Cemí.

Periódicamente se celebraban areitos para conmemorar hechos notables y también batos, un juego una pelota hecha de resina, que era golpeada con las manos y los pies.

Entre los siboneyes de Jagua se destacaba Ornoya, una bravo y fornido guerrero, que más de una vez se había medido con peligrosos adversarios derrotándolos. Oronoya era el orgullo y la seguridad para los moradores de Jagua.

Un día el viejo cacique Ornocoy, que reinaba en una de las islas lucayas, codicioso de las riquezas y de las mujeres de Jagua, se presentó en la bahía acompañado por más de doscientos guerreros a bordo de varias decenas de piraguas (barcas), armados de flechas y macanas.

Apercibidos del peligro los habitantes de Jagua mandaron al monte a las mujeres, a los niños y a los ancianos en busca de refugio y salieron en sus piraguas al encuentro de los lucayos.

Al frente de los jagüenses iba Ornoya blandiendo su macana, con gesto desafiante, en la primera piragua. La lucha fue encarnizada. Flechas, lanzas y macanas salieron a relucir. De ambos bandos caían los hombres atravesados por las flechas, traspasados por las lanzas o con el craneo destrozado por las macanas.

Ornocoy , el jefe lucayo, usó toda su destreza de viejo guerrero para derrotar a los de Jagua que, guiados por Ornoya, peleaban por su tierra patria. En un golpe de audacia Ornoya se acercó a la piragua donde se encontraba Ornocoy y de un ágil salto se abalanzó sobre el cacique destrozándole la cabeza con su macana.

Aterrorizados los lucayos por la muerte de su jefe, trataron de huir en las piraguas, pero fueron hechos prisioneros, entre ellos seis caciques. En la playa los habitantes Jagua, alborozados, dando vivas recibían como héroe a Ornoya y a los hombres que habían triunfado en la batalla de las piraguas.

 
 

 

 

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El dibujo animado de Liborio que ilustra esta página,  es original del diseñador gráfico cubano Julio Álvarez, residente en Canadá.